sábado, 30 de enero de 2016

Proyecto de vida

“La vida de todo hombre precisa de un norte, de un itinerario, de un argumento. No puede ser una simple sucesión fragmentaria de días sin dirección y sin sentido”. Alfonso Aguiló 

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Nuestra vida es un don tan grande y tan único que no podemos simplemente limitarnos a nacer, crecer, reproducirnos y morir. Además de eso, y más allá de todo eso, con el transcurrir del tiempo nos vamos formulando metas, definiendo objetivos y trazando propósitos a corto, mediano y largo plazo que le van dando dirección a nuestros pasos y sentido a la existencia. 

Un proyecto de vida bien estructurado habla de mi relación conmigo mismo, deja al descubierto lo que quiero hacer y pone en evidencia lo que espero llegar a ser; pero también habla de la forma como me relaciono con el mundo y lo que espero de los demás y para los demás. Y es que, aunque mi proyecto de vida se cimienta en mi propia historia, mis vivencias, mi experiencia y mis aspiraciones; también está fuertemente influenciado por quienes rodean mi entorno, quienes me motivan, me inspiran y comparten mis logros y mis fracasos. Incluso mi proyecto de vida se puede tejer con base en los logros de alguien a quien admiro o alguien cuyos pasos quiero seguir, sin que eso le quite individualidad y mérito a lo que quiero alcanzar de forma personal. Tal como lo plantea Juan Sebastián Celis Maya: “si uno sueña algo, que otro ha conseguido, el sueño no sólo es posible, sino que es mucho más fácil, que si fuese algo exclusivo”. 

No llegamos muy lejos si no sabemos a dónde vamos y es infructuoso el camino si no nos trazamos una ruta y un plan a seguir. Por eso en la formulación del proyecto de vida personal, es necesario identificar bien lo que se quiere, cómo se quiere y cuándo se quiere; teniendo muy claro el lugar donde iniciamos, el camino que hemos recorrido, donde nos encontramos en este momento, el tramo que nos falta y a donde queremos llegar. Es importante reconocer en el proceso nuestras fortalezas y nuestras debilidades; lo que nos impulsa y lo que nos limita; lo que nos sostiene y lo que nos motiva. Saber que las cosas, a veces no se dan al primer intento; que el fracaso no es el fin del camino y que solo la perseverancia alcanza lo que la resignación ni siquiera cree que sea posible.

La construcción y la realización del proyecto de vida son posibles gracias al autoconocimiento, el autoconcepto y la autonomía, y el éxito dependerá de nuestra disciplina, nuestra autorregulación, nuestra autodirección y nuestra capacidad de tomar decisiones, trazar metas y cumplirlas.  

Estos son algunos aspectos a tener en cuenta a la hora de direccionar nuestro proyecto de vida:

  • Proyectar: proponernos metas cumplibles, realistas y atractivas. Ni tan grandes que nos frustren al no alcanzarlas, ni tan pequeñas que nos lleven al facilismo o a creernos ya realizados. "El hombre, más que adaptarse simplemente al mundo, busca adaptar el mundo a sus proyectos..." (Nuttin Joseph, 1967, 12)
  • Evaluar: medir de forma crítica y reflexiva todo el proceso. Analizar el cómo vamos y el dónde vamos. Lo que hemos alcanzado y lo que aún nos falta. 
  • Reformular: a veces es necesario realizar ajustes sobre la marcha, pero manteniendo el rumbo. Otras veces se debe empezar de nuevo y buscar nuevos medios y vías para alcanzar lo que se quiere. En cualquier caso es necesario mantener el norte, no perder de vista el objetivo y recordar que a veces no hay un camino establecido, sino que se va construyendo el camino a medida que se avanza. 

Todos tenemos grandes capacidades y por eso debemos perseguir grandes sueños. Aunque nos equivoquemos, aunque fallemos una y otra vez podemos levantarnos para continuar la marcha o empezar de nuevo si es necesario. Revisemos nuestros proyectos de vida para analizar si están acordes a nuestras expectativas y necesidades. Hagamos un proceso juicioso y consciente de autoevaluación para identificar si estamos aprovechando todos nuestros recursos, fortalezas y habilidades en pro de alcanzar nuestros sueños y avanzar en nuestro proyecto de realización personal. 

sábado, 23 de enero de 2016

Llamados a la trascendencia

«La vida exige a todo individuo una contribución y depende del individuo descubrir en qué consiste». Viktor Frankl

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La trascendencia es uno de los anhelos más grandes que tenemos los seres humanos. Teniendo en cuenta la visión filosófica, este anhelo consiste en ir más allá de los límites, alcanzar la superación, dejar huella y no resignarnos a quedar en la nada o en el olvido. Trascender también es permanecer en el mundo más allá de nuestra muerte, dejando un legado o una huella que permita que seamos recordados y admirados, incluso sirviendo de inspiración o influyendo en futuras generaciones. Aquí es muy importante el papel de los demás y la forma como nos reconocen y nos permiten a nosotros o a nuestra obra, esa permanencia en su memoria y esa influencia en su historia.

En el ámbito espiritual, a pesar de las limitaciones que tenemos, hay una búsqueda por lo que supera nuestra condición humana y nos adentra en una dimensión más allá de lo corporal, que se cree nos permite perdurar e incluso eternizar nuestra existencia. Por esa razón las concepciones religiosas más importantes nos plantean dentro de sus postulados que el ser humano está llamado a la eternidad, la trascendencia o la inmortalidad. 

Preguntémonos entonces: ¿de qué forma queremos trascender nosotros? Una vez respondida esa pregunta, pensemos: ¿qué estamos haciendo para alcanzar esa trascendencia? 

Nuestro anhelo de trascendencia debe ir acorde a nuestros ideales, a nuestra fe y a nuestras convicciones, pero también debe estar acorde a nuestra capacidad de búsqueda de esa trascendencia, reflejada en el esfuerzo que hagamos por alcanzarla y sobre todo en el amor que le pongamos a ese esfuerzo. 

sábado, 16 de enero de 2016

Vivamos la misericordia

“El nombre de Dios es misericordia”. Papa Francisco 

Fuente imagen: elcatolicismo.net

Estos son tiempos en que a todos nos urge revisar nuestras actitudes y reforzar nuestras aptitudes para actuar con justicia y caridad ante el sufrimiento y las desgracias ajenas. Si el amor es lo que nos mueve al afecto hacia los demás y la compasión es lo que nos mueve a sentir su dolor como si fuera nuestro; la misericordia debe ser lo que nos mueve a actuar con amor y compasión con todo aquel que lo necesite. En otras palabras, la misericordia es amor que nos lleva a la compasión y compasión que nos lleva a la acción; a no quedarnos en la indiferencia, el silencio o la omisión ante los padecimientos ajenos. La perfección de la caridad, el carácter incondicional del amor y la belleza de la bondad, se resumen en una palabra y esa palabra es: misericordia.

No hay límites para la misericordia y nuestras buenas acciones, grandes o pequeñas poco a poco van transformando el mundo aunque a veces no lo notemos. Ciertamente, ante tantas necesidades nuestros esfuerzos se verán insuficientes y ante tantas limitaciones que tenemos es normal sentirnos impotentes, pero eso no nos debe desanimar al momento de hacer nuestra parte y contribuir con nuestro granito de arena reflejado en actitudes solidarias y desinteresadas. 

El mundo nos necesita a ti y a mí, con lo poco o mucho que tenemos, pero con todo lo que somos y lo que podemos dar y hacer para mejorar la vida de aquellos que claman nuestra ayuda. Tengamos presente que no es necesario ir muy lejos para actuar con misericordia; seguramente nuestra propia comunidad o incluso nuestra propia familia demandan de nosotros la urgente práctica de esta virtud, manifestada a través del perdón, la caridad y la concordia fraterna. 

Entonces, el tiempo es ahora ¡a vivir la misericordia actuando con justicia, amor y compasión!

sábado, 9 de enero de 2016

Tres grandes propósitos

“Pensar mejor, ser mejor, comportarse mejor, he ahí tres ideales magníficos”. Anónimo

© Pexels.com

“Pensar mejor, ser mejor, comportarse mejor, he ahí tres ideales magníficos”. Recuerdo que leí esta frase hace muchos años en mis tiempos de colegio y aunque desconozco su autor, veo que contiene tres elementos que todos deberíamos incluir en los primeros lugares de nuestras listas de propósitos. 

  • Pensar mejor: pensar mejor no se refiere precisamente a aumentar nuestro poder cerebral (aunque no está de más intentarlo). Tener mejores pensamientos es cambiar nuestra manera negativa y malsana de concebir la realidad, dejando atrás el fatalismo y las actitudes de derrota y conformismo. Pensar mejor es pensar con claridad, de forma optimista pero aterrizada, de forma entusiasta pero con cabeza fría, sin dejarnos llevar por el sentimiento, la pasión o la emoción del momento. Pensar mejor nos debe llevar a tener mejores actitudes y estas actitudes a su vez deben influir positivamente en todos los aspectos de nuestra vida. 
  • Ser mejor: ser mejor no es una opción, es una obligación si queremos avanzar y superarnos. Cada día debemos ser mejores de lo que fuimos el día anterior, mejores que nosotros mismos, por nosotros mismos y por los demás. Mejores en lo que somos, mejores en lo que hacemos y mejores en lo que esperamos y deseamos. Es importante evaluarnos diariamente, reconocer nuestros errores y limitaciones y actuar en consecuencia para ir superando lo que nos desmejora, lo que nos impide crecer y encontrar la mejor versión de nosotros. 
  • Comportarse mejor: este es un ideal que poco se ve en nuestras listas de propósitos, pero es muy necesario. Nuestro comportamiento debe ir acorde a nuestras convicciones y nuestras convicciones deben llevarnos a mejorar la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno y con los demás. Recordemos que nuestra manera de actuar tanto en público como en privado, habla de lo que sentimos, manifiesta lo que creemos y al final evidencia lo que somos. Si esto no es así, o estamos actuando con hipocresía o no estamos siendo coherentes. En todo caso es necesario analizar las repercusiones de nuestro comportamiento y ver en que podemos mejorar día a día y paso a paso. 

En conclusión, lo que pensamos, lo que somos y como somos son condiciones que están íntimamente relacionadas. Por eso el pensar mejor nos lleva a ser mejores y el ser mejores nos debe conducir a comportarnos mejor. 

sábado, 2 de enero de 2016

Gracias

“Un sólo pensamiento de gratitud hacia el cielo, es la oración más perfecta”. Gotthold Ephraim Lessing

Fuente imagen: plus.google.com Ahmet Selistire

En un mundo agitado por los afanes y las preocupaciones del día a día, a veces olvidamos que tenemos grandes motivos para estar agradecidos y nos ganan las razones para renegar y lamentarnos. Sin embargo, no debemos desconocer que hemos recibido muchos dones valiosos que no podemos concedérnoslos nosotros mismos; algunos dones ni siquiera los pedimos, incluso ni los merecemos y a veces tampoco los apreciamos como regalos que son. 

Tomémonos un instante para reconocer algunos de esos dones que nos han sido confiados y sobre todo aprendamos a valorarlos, protegerlos y agradecerlos.

  • Gracias por la vida: estamos vivos, justo aquí y justo ahora. Tenemos la oportunidad de ser y de estar. Este es nuestro momento de vivir y no debemos olvidar que en este mundo solo se vive una vez. La vida es un don de valor inestimable que adquirimos desde el momento mismo de nuestra concepción, y aunque no podemos elegir donde nacemos y no podemos cambiar algunas condiciones de nuestra existencia, la actitud con la que decidimos vivir es una elección que si podemos hacer. 
  • Gracias por la libertad: somos personas libres; así nacemos y así deberíamos vivir sin que nadie nos coaccione o nos reprima. La libertad es esa facultad de obrar de acuerdo a nuestra propia voluntad y todos tenemos la oportunidad de hacer un buen uso de esa libertad siendo conscientes de nuestras obras, actuando con responsabilidad y asumiendo las consecuencias de todo lo que hacemos.  
  • Gracias por la fe: aunque la fe es un don que está a disposición de todo aquel que lo busca, el creer y en que creer son cuestiones que deben plantearse sobre la base de la razón y están vinculadas con la libertad, la experiencia personal y la apertura espiritual de cada individuo. Por este motivo la fe no se puede imponer y a nadie se le debe obligar a seguir un determinado sistema de creencias. Al final, tanto el que cree, como el indiferente, el que vive en la incertidumbre o el que manifiesta su incredulidad van buscando una misma verdad y en espera de una respuesta a las grandes preguntas de la vida. Pero más allá de las convicciones personales, no se puede desconocer que la fe es un don muy grande y con capacidad de mover montañas, de tocar corazones y generar profundos cambios a nivel individual y social. Al final todos (aunque algunos no lo acepten), encontramos profundas razones para creer en algo o en alguien y esa fe se puede convertir en el motor de nuestra vida.
  • Gracias por la capacidad de pensar, de sentir y de actuar: nos diferenciamos de otros seres vivos en nuestra gran capacidad para razonar, para generar emociones y sentimientos y para tomar decisiones y analizar su impacto en nuestra vida y en la vida de los demás. Esas facultades nos permiten un lugar privilegiado en la creación, pero también implican una gran responsabilidad con nuestro entorno y con nuestros semejantes. 

Entonces, cuando consideres que no hay razones para estar agradecido, valora que estás vivo, recuerda que eres libre y aprovecha que puedes creer, pensar, sentir y actuar.