“La vida de todo hombre precisa de un norte, de un itinerario, de un argumento. No puede ser una simple sucesión fragmentaria de días sin dirección y sin sentido”. Alfonso Aguiló
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Nuestra vida es un don tan grande y tan único que no podemos simplemente limitarnos a nacer, crecer, reproducirnos y morir. Además de eso, y más allá de todo eso, con el transcurrir del tiempo nos vamos formulando metas, definiendo objetivos y trazando propósitos a corto, mediano y largo plazo que le van dando dirección a nuestros pasos y sentido a la existencia.
Un proyecto de vida bien estructurado habla de mi relación conmigo mismo, deja al descubierto lo que quiero hacer y pone en evidencia lo que espero llegar a ser; pero también habla de la forma como me relaciono con el mundo y lo que espero de los demás y para los demás. Y es que, aunque mi proyecto de vida se cimienta en mi propia historia, mis vivencias, mi experiencia y mis aspiraciones; también está fuertemente influenciado por quienes rodean mi entorno, quienes me motivan, me inspiran y comparten mis logros y mis fracasos. Incluso mi proyecto de vida se puede tejer con base en los logros de alguien a quien admiro o alguien cuyos pasos quiero seguir, sin que eso le quite individualidad y mérito a lo que quiero alcanzar de forma personal. Tal como lo plantea Juan Sebastián Celis Maya: “si uno sueña algo, que otro ha conseguido, el sueño no sólo es posible, sino que es mucho más fácil, que si fuese algo exclusivo”.
No llegamos muy lejos si no sabemos a dónde vamos y es infructuoso el camino si no nos trazamos una ruta y un plan a seguir. Por eso en la formulación del proyecto de vida personal, es necesario identificar bien lo que se quiere, cómo se quiere y cuándo se quiere; teniendo muy claro el lugar donde iniciamos, el camino que hemos recorrido, donde nos encontramos en este momento, el tramo que nos falta y a donde queremos llegar. Es importante reconocer en el proceso nuestras fortalezas y nuestras debilidades; lo que nos impulsa y lo que nos limita; lo que nos sostiene y lo que nos motiva. Saber que las cosas, a veces no se dan al primer intento; que el fracaso no es el fin del camino y que solo la perseverancia alcanza lo que la resignación ni siquiera cree que sea posible.
La construcción y la realización del proyecto de vida son posibles gracias al autoconocimiento, el autoconcepto y la autonomía, y el éxito dependerá de nuestra disciplina, nuestra autorregulación, nuestra autodirección y nuestra capacidad de tomar decisiones, trazar metas y cumplirlas.
Estos son algunos aspectos a tener en cuenta a la hora de direccionar nuestro proyecto de vida:
- Proyectar: proponernos metas cumplibles, realistas y atractivas. Ni tan grandes que nos frustren al no alcanzarlas, ni tan pequeñas que nos lleven al facilismo o a creernos ya realizados. "El hombre, más que adaptarse simplemente al mundo, busca adaptar el mundo a sus proyectos..." (Nuttin Joseph, 1967, 12)
- Evaluar: medir de forma crítica y reflexiva todo el proceso. Analizar el cómo vamos y el dónde vamos. Lo que hemos alcanzado y lo que aún nos falta.
- Reformular: a veces es necesario realizar ajustes sobre la marcha, pero manteniendo el rumbo. Otras veces se debe empezar de nuevo y buscar nuevos medios y vías para alcanzar lo que se quiere. En cualquier caso es necesario mantener el norte, no perder de vista el objetivo y recordar que a veces no hay un camino establecido, sino que se va construyendo el camino a medida que se avanza.
Todos tenemos grandes capacidades y por eso debemos perseguir grandes sueños. Aunque nos equivoquemos, aunque fallemos una y otra vez podemos levantarnos para continuar la marcha o empezar de nuevo si es necesario. Revisemos nuestros proyectos de vida para analizar si están acordes a nuestras expectativas y necesidades. Hagamos un proceso juicioso y consciente de autoevaluación para identificar si estamos aprovechando todos nuestros recursos, fortalezas y habilidades en pro de alcanzar nuestros sueños y avanzar en nuestro proyecto de realización personal.




